viernes, 3 de junio de 2011

El Ensayo

El estado general de la sala no era malo. Era muy malo.
El de la elefantiásica batería mucho peor. Derramaba óxido por todos lados en cantidades industriales y exhibía decenas de cráteres en los parches. Y enmarcando el penoso cuadro, el olor a manada de bisontes sudorosos luego de tres horas de correr en estampida era el ingrediente mágico que lograba transformar un ambiente relajado en un relajo.
Los temas a ensayar eran muy tranquilos y ya antes de empezar, era evidente que estaban condenados a sucumbir ante los cinco inmensos cuerpos de la maltrecha bata.
La voz, la guitarra y el bajo ajustaron su volumen al nivel similar de una radio portátil con poca pila y yo sentado al frente de un batallón de artillería pesada con cañones de 13”,14”,16”,18” (si queridos lectores, no hay error, 13,14,16 y 18) y un obús de 22". Un verdadero monumento al derroche de pulgadas.
Tardé más de 10 minutos en disponer los platillos para que quedaran por lo menos al alcance de mis brazos, pero a pesar de la incomodidad no dejé escapar un solo gesto de reproche.
La voz propone empezar con un determinado tema de la lista.
Largamos.
El bajo engancha una semana después. Hago trescientos cálculos para que al menos un bombo coincida y le marque el rumbo, pero la hazaña me obliga a pasar por alto un relleno. La voz y el guitarrista se miran en un claro e inequívoco gesto de desaprobación. El bajista pide parar porque la bordona canta con algunas notas y le molesta. Retoco el ajuste de la bordona hasta que el fastidio del bajista se calma. Vuelvo a observar un nuevo cruce de miradas entre voz y guitarra.
Esta vez logro entrar con el relleno. La voz pone cara se ojete porque el estruendo de las piezas de artillería del Muro del Atlántico la sobresalta y pierde su entrada.
Vamos de nuevo.
Logro controlar a la bestia y el relleno suena menos demoledor. El del bajo me mira mientras asiente con la cabecita como diciendo: “Así chabón, despacito… bien… dale suave que va bien”
Me duelen los antebrazos por el antinatural método de golpe desarrollado al paso que instantáneamente se me ocurrió bautizar con un muy femenino “Alas de libélula”.
Pasamos al segundo tema. Sin contratiempos. Sin tones. Me la rebusqué con el redoblante y un crash nada más.
La voz sigue con cara de ojete. El guitarrista se hace el boludo y el bajista le reclama no se que cosa de un medio tono.
Pido hacerlo de nuevo. Vuelven a mirarse pero concuerdan.
A mi gusto salió mejor. El bajista dice que subió medio tono y también le pareció mejor.
El tercer tema sonó definitivamente pésimo. Y en esta oportunidad yo solo tenía que mantener una base en el hi hat bien apretado y con escobillas todo el bendito tema. No podían culparme de nada. La voz reconoció que salió “un poquito diferente”. Yo no disimulé la sonrisa mientras pensaba “Y, si. Igual que un sorete de sección cuadrada. Una forma “un poquito diferente” pero sin lugar a dudas la misma cagada”
Nadie se animó a pedir hacerlo otra vez.
La voz elije un cuarto tema, pero el bajista aduce que no tuvo tiempo de verlo.
Con el bajista son indulgentes.
Propongo el cuarto tema. La voz dice “Bueh” con un dejo de asco y vuelve a cruzar miradas con el de la guitarra. Ya la tengo bailando de punta el segundo acto de “El Cascanueces” montada sobre mi huevo derecho, pero aún así mantengo la sonrisa.
Quedé conforme. Salió bastante bien. Tanto que voz y guitarra no cruzaron miradas.
Vuelven a la interconsulta bajo y guitarra sobre los medios tonos. La voz llena el espacio con un comentario de lo más pelotudo sobre aspectos particulares de la acústica de la sala, si es que se puede llamar así a ese pesebre que hasta no hace mucho albergó a un centenar de bisontes empapados en transpiración.
Volvemos a tocar el primer tema y deliberadamente lo hago completamente liso a pesar de varias levantadas de cejas del guitarrista.
Seguimos con el tema que había salido horrible. Esta vez solo salió feo.
El bajista me pregunta si traje una llave de afinar.
Le respondo que si.
Me pide que afine un poco más alto el tom de 14 a pesar de que en la hora y cuarto que llevo sentado jamás di un golpe, ni por error, en el tom de 14.
Le pegué cuatro palazos con algo de violencia a cada tom y con cara de entendido en cuestiones de afinación le dije simplemente que el tom de 14 sonaba perfecto así como estaba.
El guitarrista ensaya un riff pseudo-metalero-harto-virtuoso-plus-distortion y el bajista lo adula asquerosamente.
La voz me observa y creo que adivina que estoy pensando en destrozarle los dedos al guitarrista usando el macizo brazo con contrapeso de la jirafa a modo de garrote.
En seguida propone agregar más temas para la próxima.
Sin pensarlo y de forma visceral sale de mi boca la propuesta de lograr hacer bien dos o tres temas nada más y luego agregar un par más.
El guitarrista refuerza la idea diciendo que es mejor tocar dos bien que veinte más o menos. Dijo veinte y un sudor frío recorrió mi espalda.
La voz pone cara de ojete nuevamente, pero esta vez con hemorroides del tamaño de un racimo de arándanos asomando por el esfínter, mientras dice: “Bueno, vemos…” en medio de otros de los tantos cruces de miradas con el guitarrista.
Me preguntan si ya dejamos reservado para el sábado que viene y les respondo sin dudar que acá ni en pedo.
Nos despedimos.
El bajista me pregunta para qué lado voy y sin escuchar mi respuesta me pide que lo alcance hasta la estación Avellaneda. Igual le respondo que si y a pesar de ser del lado contrario hacia donde iba, hice cuestión de dejarlo en la entrada.
Encendí la radio.
Después de éste ensayo, el tema de Katy Perry que estaba sonando me parecía la Sinfónica de Viena.
Un par de días después recibo un mail enviado por la voz, donde me anticipa que es horrible lo que va a decir pero que prefiere buscar a otro batero, porque mi comentario sobre el desarrollo de temas le sonaba a trabajo y se contraponía con su idea de tocar muchos temas para pasarla bien y divertirse.
Le respondí que, al contrario de lo que ella pensaba, fue el mail más lindo de todos los que me mandó hasta ahora, a pesar de la barbarie semántica, y agregué que me encantaría preservar éste momento, esperando que tuviese la amabilidad de no escribirme nunca más.

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